EL REGALO DE TRABAJAR RECORRIENDO COLOMBIA DE EXTREMO A EXTREMO


Por: María Paula Herrera Salazar Profesional de campo- Fucai

    Foto: María Paula Profesional de Fucai jugando al trompo tradicional amazónico.

Pocos hemos tenido la fortuna de compartir con tal diversidad de gente como lo hacemos quienes trabajamos en Fucai. Nuestra labor es apasionante, pero requiere tanto vocación, como berraquera. La vocación es para mí un “llamado del corazón”, un latido profundo que me convoca a ponerme al servicio de los pueblos indígenas. Por su parte, la berraquera es la energía, el entusiasmo y la fortaleza con la que se asumen los retos. Ambas se requieren en abundancia en esta labor, pues trabajar recorriendo el país de extremo a extremo y colaborando con tal diversidad de pueblos en contextos tan dispares es un regalo que no está hecho para todos.

O quizás no todas las personas estamos hechas, por ejemplo, para caminar sobre puentecitos de tablas a medio pegar, a cuatro metros de altura, sobre la selva amazónica. Tal vez no todo el mundo está hecho para ir al baño en el monte entre tunas, cactus y chivas, cuidándose de los animales y de ser vistos por algún repentino transeúnte en el desierto de La Guajira. Quizás no es para todo el mundo dormir por días y días guindado en un chinchorro, bajo la luz de la luna, con las ramas deshojadas de un viejo árbol como única cubierta. Tal vez no es para todo el mundo viajar en canoa por el gran río Amazonas, comer pescado al desayuno, al almuerzo y a la cena, y andar con tres tipos de repelentes distintos, por si la plaga ataca.

Sin embargo, para mí, esta labor vale totalmente los esfuerzos. ¿Se imaginan tener la oportunidad de saborear alimentos tan diversos, de conocer paisajes espectaculares, de reír al son de la risa de las mujeres que se burlan de nuestra forma torpe de pronunciar su idioma, por ejemplo, cuando les intentamos decir en wayuunaiki “anayawachijaa, estaba jemetaa” (gracias, estaba delicioso)?

    Foto: María Paula Herrera - Diversidad de alimentos del Amazonas.

Lo que hacemos con las comunidades es muy variado. En algunos proyectos trabajamos principalmente con la niñez y la juventud, en otros con las mujeres; muchas veces enfocamos los esfuerzos en mejorar la soberanía alimentaria o en apoyar el fortalecimiento del gobierno comunitario. También reforestamos áreas degradadas, preparamos comida nativa, participamos de la etnoeducación, investigamos, construimos, danzamos al son de los tambores y jugamos con y como los niños a los juegos tradicionales de cada región. Todo ello además de las labores de gestión, administración e incidencia que llevamos a cabo diariamente.

                          

Foto: María Paula Herrera- Niño wayuu feliz de practicar la escritura en la arena

Nos movemos desde la esquina más al norte hasta el rincón más al sur de Colombia, e incluso más allá de las fronteras; trabajamos en los llanos orientales y en las montañas de los Andes; solo vamos donde nos llaman y nunca permanecemos más tiempo del preciso. En este trabajo me resulta hermoso atestiguar la fuerza de los pueblos organizados; es fascinante ver las sonrisas de los niños e indescriptible la alegría de una mamá al saber que su hijita por fin logró superar la desnutrición.

Sin embargo, también es difícil presenciar las condiciones de miseria en las que viven muchas de las comunidades con las que trabajamos. Nos rompe el corazón cada muerte de un niño por hambre o por falta de atención en salud. Es profundamente doloroso evidenciar el incumplimiento de las responsabilidades del Estado y las dificultades que enfrentan las comunidades para acceder a los servicios básicos a los que todos deberíamos tener derecho. Pero de esta indignación nace la fuerza para seguir trabajando -como sociedad civil co-responsable-, para mejorar éste que es un asunto de todos y en el que cada uno puede aportar desde su lugar.

Personalmente, en este trabajo me he dado cuenta que la labor comunitaria implica acercarse a la vida y a la muerte, a la abundancia y a la escasez, a la esperanza y a la desesperación, al cuidado y al abandono. He entendido que el regalo de servir a los pueblos indígenas implica honrar los procesos, hacer todo lo posible y un poco más, fortalecer la espiritualidad y la valentía. También implica comprometerse a caminar con un profundo respeto y un sincero reconocimiento a la diversidad de cosmovisiones, ecosistemas, culturas y territorios existentes en Abya Yala.

    Foto: María Paula Herrera Guardia indígena de ACITAM

Como profesional de campo en Fucai he tenido la oportunidad de adentrarme poco a poco en las profundidades de este país y solo me queda por decir que es una experiencia extraordinaria. Ofrezco mi gratitud a los pueblos que nos acogen, a los maestros que nos preceden y a los maravillosos equipos de trabajo en terreno que siempre nos acompañan.

 Fuente:

Fuente: Dietmann, S. Amazonas, 2022.