La Guajira: agua que mata.


 

Por: Juan David Naranjo- Semana Rural

foto: Rafael Sifones- Semana Rural 

“Erre win tamana”, repetían con insistencia las autoridades de las rancherías wayuu de la Media Guajira. Esta frase en wayuunaiki, la lengua de estas comunidades indígenas, traduce “Si tuviera agua…” y siempre venía acompañada de un deseo condicionado que podrían cumplir si tan solo contaran con ese elemento. “Si yo tuviera agua, tendría cultivos”. “Si yo tuviera agua, los niños no se morirían”. “Si yo tuviera agua, podríamos montar una empresa”.


La Guajira ha sufrido por siglos los embates de su propia naturaleza árida y agreste. Pero también los embates de un Estado que nunca ha logrado garantizar los derechos mínimos a esta población, que ve morir por decenas a sus niños que sufren el hambre y la sed cada día.

“A nosotros nos toca tomar agua del mismo jagüey donde toman los chivos. Es agua con barro y en los meses de sequía se vuelve escasa y toca sacarla de pozos artesanales que hemos construido nosotros mismos”, dice Wilson Ducand Epinayu, hijo de la autoridad de la comunidad Ishiin, en el municipio de Manaure.


Para Wilson, beber agua de estos reservorios en medio del desierto no es extraño, pero siempre le ha temido a la construcción de los pozos subterráneos. “Hace un tiempo escuchamos que una gente estaba haciendo un pozo en otra comunidad y se quedó atrapada allá abajo”, dice con angustia. 


Pero una vez construidos, lo más común en este territorio es ver a los niños pequeños acercarse a estos pozos para sacar un poco de agua, llenar baldes y llevarlos hasta sus casas en caminatas que pueden ser incluso de varios kilómetros. Con esta agua amarillosa y turbia cocinan, asean y alimentan a los animales.

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