La Guajira: un territorio de sentencias sin cumplir


Investigación y fotografías: Ricardo L. Cruz

Acompañamiento editorial y multimedia: Equipo CONNECTAS

 

Manuela* se dispone a darles el desayuno a los 15 niños, entre 18 meses y 4 años de edad, que tiene a su cargo. En cada plato sirve media papa cocida al vapor con un poco de queso rallado. En los vasos sirve avena. Son las 9:00 de la mañana de un lunes de junio de 2022. Dos horas más tarde les ofrecerá otro vaso de avena con un paquete de galletas y a eso de la 1:00, el almuerzo.

Ella pertenece al pueblo wayú y es la manipuladora de alimentos de la Unidad Comunitaria de Atención (UCA) de su ranchería a las afueras de Riohacha, puerta de entrada a la Alta Guajira, una región seca y desértica de Colombia, donde la escasez de alimentos y agua potable ha matado más niños que en cualquier otra parte del país. En 2021, la tasa de muerte de menores de cinco años por desnutrición se situó en este departamento en 20,8 por cada 100.000 habitantes, mientras que la media nacional fue de 5,6.

Las UCA son centros para atención integral y nutricional donde el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) atiende a los menores de cinco años y a las mujeres lactantes y en embarazo de pueblos étnicos y comunidades campesinas dispersos en la Colombia rural. La Ley 1804 de 2016 aprobada por el Congreso de Colombia, conocida como “Política de cero a siempre”, motivó su creación.

En La Guajira, estos centros se encuentran dentro de las rancherías, viviendas de barro, madera y techos de palma, desperdigadas por todo el desierto, donde viven los wayús. Allí, de lunes a viernes, alimentan a los pequeños. A las mujeres en embarazo y a las lactantes les envían un mercado con leche, un complemento nutricional llamado bienestarina, arroz, frijol, lentejas y atún que, en teoría, les debe durar 15 días. “Pero a los tres-cuatro días ya no tienen nada”, explica Manuela mientras recoge los platos de las dos mesitas donde comen los niños.

Manuela revisa la minuta para el almuerzo: chivo guisado, arroz, jugo de tomate de árbol. “Pero vea el chivo que mandan: puros huesos, ¡qué les voy a dar esto a los niños! Este tomate podrido es para el jugo. Siempre mandan muy poco mercado”, lamenta.

Las quejas por la calidad y cantidad de los alimentos se repiten en todos los centros visitados para esta investigación en por lo menos ocho comunidades. Todas ellas diseminadas en una zona árida a las afueras de Riohacha. Pese a ello, es lo único que muchos infantes podrán comer en todo el día. Por eso, demandan aumentar los cupos. En la UCA de Manuela, como en las 2.600 de la Alta Guajira y Riohacha, solo hay 20 cupos; en este caso, 15 son para los menores de edad; los restantes son para las madres gestantes y lactantes. Pero, dice, en su comunidad ha llegado a contar hasta cinco niñitos por fuera de este centro, pese a tener la edad para estar en él. También ha identificado un par de mujeres en embarazo sin el beneficio. En las otras ocurre algo similar: en unos casos son niños, en otros son mujeres lactantes o embarazadas, en los demás, todos los anteriores.

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