LA RE-EXISTENCIA DEL PUEBLO WAYUU


El agua y la mujer, tejedores de vida en el desierto de La Guajira

 por Jordi Casanova Vallés

 

"¿No somos humanos? ¿No tenemos ojos? ¿No tenemos manos, órganos, proporciones, sentidos, afectos, pasiones? ¿Es que no somos alimentados por la misma comida, heridos por las mismas armas, sujetos a las mismas enfermedades, curados por los mismos medios, calentados y enfriados por el mismo verano y por el mismo invierno? Si nos pincháis, ¿no sangramos? Si nos hacéis cosquillas, ¿no nos reímos? Si nos envenenáis, ¿no nos morimos?"

 A pesar de provenir de un contexto histórico y cultural muy distinto, este monólogo de Shylock en El mercader de Venecia encierra una simple y profunda verdad, también aplicable a la realidad guajira: aun y nuestras diferencias, todos los humanos somos iguales. Y, por encima de cualquier premisa, ¿no queremos todos vivir con dignidad? El pueblo wayuu no es menos, y después de centenares de años en los que han visto su hogar ocupado y explotado con perpetuación y alevosía, se han cansado de pervivir bajo el yugo de un estado opresor. En este contexto de desigualdad, hace una década llegó FUCAI a La Guajira para trabajar con las comunidades indígenas y mejorar paulatinamente sus condiciones de vida, fortaleciendo capacidades básicas como la educación, la niñez o la soberanía alimentaria. Porque la premisa del pueblo wayuu ya no es la resistencia, su premisa es la redefinición de su existencia. Esta es la re-existencia del pueblo wayuu.

Durante once días acompaño a un equipo de FUCAI a la Media Guajira colombiana para convivir con varias comunidades indígenas. El equipo, formado por Camila, Daniela, Ermelinda, Libardo y Luis José, visita las rancherías con dos objetivos principales: el primero, establecer una línea de base alrededor de los pozos de una zona preestablecida, geolocalizarlos, comprobar el estado del agua y hacer un censo con las familias locales; y el segundo, realizar unos talleres con las mujeres tejedoras llamados “círculos de palabra”.

El desierto es un espacio adverso para la vida humana. Tiene un clima árido, seco y caluroso, y su extensa estepa está cubierta por un mar de arena y cardonales en el que serpientes, alacranes y zancudos esperan cualquier descuido para morderte la piel. En medio de este refrito de hostilidades, dos pilares sustentan la vida del pueblo wayuu: el agua y la mujer obran el milagro de brindar vida en un mundo estéril. Por este motivo, el acceso al agua potable y el empoderamiento de la mujer son para FUCAI dos puntos fundamentales en su agenda. La premisa de la re-existencia del pueblo wayuu empieza con ellos, con el agua y con la mujer, los tejedores de vida en La Guajira colombiana.

                   

 El abuelo Juyá y unas gafas empañadas

 Uno de los principales mitos de la cultura wayuu hace referencia al abuelo Juyá, conocido como El Señor de las Lluvias o el Gran Espíritu Creador. Juyá, para los wayuu, representa la masculinidad, la virilidad y la movilidad. Según este mito de tradición oral, Juyá fue seducido en los orígenes de los tiempos por Mma, La Madre Tierra, y desde entonces mantienen una relación intermitente que se concilia cada cierto tiempo. Juyá fecunda con la lluvia a Mma, símbolo de maternidad, que de sus entrañas permite que broten las semillas de la existencia. El ciclo del nacer y el renacer de la vida. Con esta leyenda, los wayuu reconocen su profundo respeto por el agua, sostén y puente de toda vida en La Guajira. Es la base física, espiritual y cultural de su existencia. Pero el agua, aún siendo un privilegio indiscutible, no está exenta de contradicciones. Da y quita la vida sin prejuicios, y cuando el abuelo Juyá llega a La Guajira, viene con sus alegrías y con sus amarguras.

 Vamos sentados en el avión que nos lleva de Bogotá a Riohacha, la capital del departamento guajiro. A mi lado, Camila. A su lado, Daniela. Me pregunto qué me encontraré cuando llegue a la árida península. He leído artículos y he hablado con mis compañeras sobre la vida en el desierto, pero no he experimentado nada por mí mismo. Al rato me rindo, consciente de la habitual distorsión entre las expectativas y la realidad, y decido perderme entre las palabras de mis crucigramas. Al acercarnos a la península, una columna de grises nubes nos da la bienvenida. En los cristales se aprecian los primeros destellos de una lluvia otoñal. 

“Es la primera vez que llegamos con lluvia”, observa Camila.

 La habitual grieta arenosa parece distinta, y no por la distorsión de mis expectativas. Los característicos colores vivos están apagados, adormilados. El azul del mar Caribe, el verde de la sabana filoxera y el marrón de la cálida estepa dan paso a unos tonos grisáceos a los que Camila y Daniela están poco acostumbradas. Al bajarnos del avión, mi primer contacto con el agua me provoca ceguera. El bochorno empaña mis gafas y me veo obligado a quitármelas y limpiarlas para recuperar la vista. Parece que La Guajira me está avisando: convivir con los wayuu es un proceso de desaprendizaje y reaprendizaje. Debo limpiar mis expectativas para poder ver la realidad.

 A continuación, vivimos un episodio de aventuras. Para llegar a Manaure, la ciudad salinera a la que nos dirigimos, a unos 70km al norte, atravesamos desierto y tormenta. Ha oscurecido, y la negra noche nos impide disfrutar del espectáculo. El conductor de nuestro coche ejecuta la tarea imposible de llevarnos por la carretera con la limitada luz de los faros delanteros. Cruza la densa cortina de agua sorteando baches, charcos y ciclistas suicidas con la destreza y veteranía con la que el taxista enfila las laberínticas calles de la ciudad. Después de dos horas de sordera y desubicación, llegamos a Manaure, y con este primer trayecto termina la lluvia. Vamos directos a nuestro destino, el Hotel Palaaima, donde dormiremos esta noche. Allí nos reunimos con los manaureros Jose, el conductor, y Ermelinda, wayuu bilingüe, para cuadrar la logística de los días venideros. Los planes que tienen en mente, sin embargo, son inciertos. Con la lluvia, los caminos de tierra que conectan las rancherías se convierten en auténticos barrizales, un galimatías inaccesible hasta para el más experto. Puede que el equipo no pueda entrar, o que las mujeres, que provienen de varias rancherías colindantes, no lleguen a los talleres. Pero, de nuevo, no vale la pena perder el tiempo con las expectativas.

“Hasta que no estemos en los caminos no sabremos qué hacer”, sentencia Jose.

Al día siguiente, me levanto con sueño y sin cansancio. Camila ha soñado que lloraba sin cesar, al parecer el agua se ha filtrado hasta sus sueños. Pero no es momento de onirismos, hoy toca enfrentarnos con la realidad. Nos subimos al coche y, con Jose al volante, salimos de Manaure para adentrarnos en el desierto. Si todo va bien, no saldremos de territorio wayuu en varios días. El pésimo estado de los caminos se evidencia con el primer porrazo de mi cabeza contra el asiento. El deteriorado sendero parece una prueba de obstáculos digna de los militares. Jose debe improvisar cada paso para evitar el temido bloqueo de las ruedas, una de las razones por la que los wayuu se desplazan con motocicletas. Para añadirle mayor dificultad, de la noche a la mañana han surgido multitud de brotes verdes que atraen a extensos rebaños de chivos, el principal ganado de los wayuu. Los animales, acostumbrados a pastorear con total libertad, bloquean con aire indiferente nuestro ya intermitente avance. La bocina del coche los espanta, pero a cada rato nos topamos con alguno que espera hasta el último instante para apartarse, como si salvar la vida le diera pereza.

   

Entre decisión e indecisión, una cosa queda clara: los caminos requieren muchas mejoras. La alargada sombra de la corrupción política también llega hasta aquí, y el abandono estatal se refleja en cada charco. Los presupuestos destinados a mejorar estas infraestructuras parecen haberse perdido por la maraña de caminos. Para FUCAI y los alijunas (como nos llaman a los no wayuu) esto puede suponer un problema puntual, pero para los indígenas, transeúntes frecuentes de estos lares, la agradecida lluvia trae también la amarga incertidumbre. Durante la travesía, nos cruzamos con varias personas que intentan llegar a Manaure, donde trabajan. Algunas se rinden y desandan sus pasos. El deplorable estado de los caminos les impide realizar su jornada laboral, lo que implica bloquear su derecho al trabajo y, a la larga, la posibilidad de una vida digna. La entrada de agua potable o comida hasta las rancherías también se ve afectada. Así que al contrario de lo que parece a primera vista, esto no es, ni mucho menos, un problema puntual.

Después de muchas dudas y rectificaciones, llegamos a la zona donde realizaremos la línea de base, a las rancherías que serán objeto de estudio: Mulamana, Pachamama, Kuraritamana y Tulaat. Libardo y Luis José también se unen en esta tarea. A medida que recorremos las rancherías, tengo la oportunidad de observar su distribución. Las comunidades están conformadas por unidades familiares de parientes uterinos, repartidas a lo largo del terreno en casetas sostenidas por puntales de madera y paredes de barro seco. Cada ranchería suele incluir una enramada, un corral colectivo, una huerta y un cementerio. También pueden tener un molino para bombear el agua, y un jagüey (pozo artificial) o una casimba (presa en el lecho del río) para almacenarla. En una de las rancherías, una anciana nos muestra orgullosa la huerta comunitaria, en la que se intuyen pequeños brotes de semillas fecundadas por la reciente unión entre Juyá y Mma. Una de las tareas de FUCAI consiste en brindar semillas a las comunidades para que las planten durante las estaciones lluviosas (las llamadas juyapu y liwa). Estas semillas, compuestas por maíz, fríjol, yuca, ahuyama, pepinos, melones y patilla, son resistentes a las altas temperaturas. Me explican que la agricultura es una parte importante para la autosostenibilidad de las comunidades. Un paso más en el camino de su re-existencia.

Nos dedicamos a buscar y geolocalizar los pozos de agua de la zona. Avanzamos por los senderos a pie, luchando contra el abrasador sol con la sombra de unas pashminas y dosificados sorbos de agua. Es increíble pensar que los wayuu hacen esto diariamente. Para ellos la temperatura no es un problema, pero recorren kilómetros a diario para recoger un agua que, en esencia, no es potable. Un grupo de niños de sonrisa perenne nos guía por la red de caminos embarrados. En cierto momento, Libardo caza el fruto de un cactus, la iguaraya, con la ayuda de una navaja. La fruta cardonera tiene la piel rojiza y rugosa, con la carne del color de la sangre y el corazón poblado de pepitas negras. De fuerte sabor agridulce y pulpa refrescante, ayuda a los guajiros y a sus ganados a hidratarse durante sus travesías. Cuando niños y adultos llegamos al primer pozo, tenemos los labios y las barbillas manchadas del líquido escarlata. Con la ayuda de una cubeta y una cuerda, extraemos el agua del pozo y observamos su estado. Está turbia, marronosa, y tiene un sabor fuerte. Los niños explican que tiene un gusto extraño, pero que uno se acostumbra. El dolor de estómago es algo con lo que también aprenden a convivir.

    

“De pequeño yo bebía esta agua, pero de adulto no tanto. De vez en cuando la vuelvo a tomar, para no olvidar. No me avergüenzo”, admite Libardo, sereno.

Daniela y Camila realizan un censo entre los vecinos de las cuatro rancherías. ¿Cuánta gente vive en esta casa? ¿Hay menores de 5 años? ¿Cuántas pimpinas tienen a su disposición? ¿A qué distancia están de los pozos? ¿Encuentran problemas para acceder a ellos? Algunas familias están a diez minutos de los pozos, otras a media hora o más. Recorren esas distancias entre dos y tres veces al día, limitadas por las contadas pimpinas que tienen en su propiedad. Camila y Daniela les proponen un sistema que ya está en pleno funcionamiento en otras comunidades: traer carrotanques con agua potable que colocarán en puntos de fácil acceso. Las familias dispuestas pagarán un precio por cada pimpina acordado entre los vecinos, que luego servirá para pagar la gasolina del propio carrotanque. Un sistema autosostenible. La mayoría están de acuerdo, pero unos pocos prefieren mantenerse en la situación actual. Los cambios son difíciles para todos. En todo caso, es algo que tendrán que decidir entre ellos cuando nos vayamos los alijunas.

Uno de los días, al terminar la jornada, nos establecemos en la enramada de la ranchería Ichien. Estamos cansados y sudorosos. Las mujeres nos traen limonada, una bebida hecha a base de agua, panela y limón. Anayawatsa’a, respondo agradecido. El sabor nos adormece la sed y parece anunciarnos que ya es hora de descansar. Cuando empezamos a montar los chinchorros que nos acogerán durante la noche, sin embargo, unas débiles gotas nos obligan a levantar la mirada y en cuestión de segundos una furiosa tormenta se desploma encima de Ichien. Nos resguardamos como podemos debajo de la enramada, pero los finos hilos de agua caen del techo como las ramas de un sauce. A pesar de disfrutarlo, una parte de mi lamenta el frío que me recorre la espalda y la humedad que empieza a calar en mi ropa. Me pregunto cómo estarán los caminos el día siguiente. Las gafas se empañan y no veo ni gota. Me las quito, me las limpio y me las vuelvo a poner. Esto me suena familiar.

                   

Entonces, ocurre algo que no esperaba. Todas y cada una de las mujeres de Ichien salen de sus casas con una pimpina en cada mano, desenroscan sus tapas y las colocan en el suelo. Acto seguido, le quitan la cubierta a un tanque vacío y, con una sonrisa, miran como los envases se llenan con el regalo de Juyá. Camila me explica que esa agua las ayudará a realizar tareas tan básicas y necesarias como cocinar o lavar la ropa.

“Esta noche nos bañaremos todos con el agua de esta lluvia”.

Al terminar el aguacero, un corro de espejos irregulares cubre todo el terreno. Me sobreviene una imagen de mi infancia, de mis hermanos y yo poniéndonos las botas de agua, esperando con ansias el momento de salir a pisotear los charcos sin piedad. Aquí no tienen botas, pero con los pies descalzos también se puede bailar. Niños y niñas aparecen corriendo por todos lados y el mundo se llena de agudas risas y gritos de guerra. Empiezan, bajo la mirada risueña de sus madres, a salpicarse los unos a los otros. Me fascina descubrir que a pesar de la pesadumbre por la inevitable destrucción de los caminos, la visita del abuelo Juyá es motivo de alegría y agradecimiento. La vida del wayuu está llena de contrastes. Conviven con la escasez del agua y con el dolor de estómago, y cuando al fin llega agua limpia del cielo les destruye las únicas vías de comunicación que tienen. Pero, contrariamente a como reaccionaríamos muchos alijunas, acostumbrados a una vida de comodidades, los wayuu viven estos contrastes con una resiliencia pétrea. La Guajira me avisó: uno debe recordar lavarse las gafas de vez en cuando.

       

 

Los círculos de palabra

Los círculos de palabra son unos talleres que sirven para apoyar, acompañar y empoderar a las mujeres wayuu. A través de varias actividades, buscan proporcionar a las mujeres tejedoras, las llamadas “hijas de la araña'', las herramientas para que aprendan a construirse una vida digna. Un paso elemental de su re-existencia. Estos talleres fomentan a tejer un diálogo tridimensional: un diálogo social entre la mujer y su comunidad, un diálogo intergeneracional entre las mayores y las jóvenes, y un necesario diálogo interno con ellas mismas. Pero construir este espacio no es tarea fácil. Los wayuu tienen otra cultura, otro lenguaje, otra forma de entender la realidad. ¿Cómo hablar, entonces, el mismo idioma? Camila y Daniela invierten cada fibra de su ser, de su empatía y su creatividad, para asumir ese objetivo.

      

Cuando el visitante llega a una ranchería wayuu, debe dirigirse directamente a la enramada, una infraestructura sostenida por cuatro o más puntales de madera gruesa, sin paredes y con un techo de yotojoro, palma o enea, situada en medio de toda comunidad. Si en su lugar fuera directamente a una de las casas podría buscarse una ofensa, pues sería algo así como entrar sin permiso a la habitación de tu anfitrión y sentarte en su cama. La enramada es un lugar de descanso y reunión, el espacio donde la comunidad toma las decisiones más importantes. La palabra y el honor son terreno sacro para todo wayuu, el sostén de la comunidad. Por eso la enramada es un espacio tan importante para FUCAI, pues es donde el wayuu y el alijuna se comunican de forma horizontal. Es el espacio donde FUCAI se gana la confianza de las comunidades, a base de respeto, cercanía y compromiso. En la enramada se plantean las problemáticas y necesidades de la comunidad, y donde alijuna y wayuu unen sus voces para crear tejidos irrompibles. Es, también, donde FUCAI realiza los círculos de palabra.

Llegamos a la enramada de Ishoshison, donde doce mujeres nos esperan encajadas en diminutas sillas de escuela elemental. Lo primero que advierto son sus vestidos, amplios y ligeros y con una holgadez que parece danzar con el viento, de colores de rabiosa viveza y bellas flores pintadas que juegan al contraste con la homogeneidad cromática del desierto. Sus cabezas están cubiertas por extensas y tupidas cabelleras, largas cortinas azabachadas que llevan recogidas con pashminas, moños y coletas en un intento por sortear el abrazo del bochorno. Después de analizar la superficie, sin embargo, mi mirada se desvía inevitablemente a dos brillantes cristales de luz ocre. Sus ojos, profundos y misteriosos, observan el entorno con la firme parsimonia del desierto. Sus negras pupilas invitan a adentrarte en sus profundidades como el aventurero que se incursiona en una cueva inexplorada. Me resulta difícil no perderme en ellos. Algunas mujeres tejen, todas ríen. Son tímidas. En sus piernas se percibe algo de movimiento, y de entre ellas surgen como setas un grupo de nerviosas cabecitas. Son niños con los pies empolvados y la mirada curiosa, que mantienen con nosotros una distancia prudencial. Después de una breve introducción de Camila, en la que les agradece su asistencia y hospitalidad, me permiten presentarme. Tras unas palabras, digo mi nombre seguido de un wattama, “buenos días”, que desencadena en un jocoso cacareo.

                   

“¿Comes conejo? Te vamos a llevar al campo a cazar conejos”, dicen en wayuunaiki.

Les encanta reírse de todo. De nosotros, de sus amigas, de ellas mismas. Para eso son muy risueñas, y la timidez inicial se les evapora con la velocidad de una sonrisa. Siguiendo las instrucciones de Camila y Daniela todas presentan a la mujer de su derecha. Sorprende descubrir que ninguna tiene una mala palabra. Se definen como buenas compañeras y vecinas, en muchos casos son hermanas, tías, sobrinas. Se ríen y se dan sonoros golpes de afecto en los brazos y la espalda. Cuando le llega el turno a Alba, la más revoltosa del grupo, se oyen murmullos de excitación.

“A pesar de que me dicen que soy pesada y hablo demasiado, a mi me da igual. Yo visito a todo el mundo de todos modos”.

Risas y alboroto. Al empezar a hablar de su compañera, sin embargo, el tono de Alba se serena y el ambiente se vuelve prudente.

“Ella no tiene ni mamá ni papá. Yo la cuido. Nos cuidamos la una a la otra. Siempre estamos unidas y hablamos lo que tenemos que hablar”.

La timidez y el humor son una tapadera articulada para protegerse, pues su realidad es mucho más compleja y profunda. Se percibe sororidad en el tono de sus palabras. El respeto mutuo y la solidaridad las une con una fuerza granítica. Es la fuerza con la que se agarra la mano que te ayuda a levantar. Se ponen de pie y, con los ojos clavados en los de su vecina, un coro desigual de voces repite unas palabras de Camila.

“Gracias por cuidarme, por ser mi vecina. Gracias a ti soy una mujer más fuerte. Somos lo mejor que tenemos. Cuando nos vamos, nos dejamos los niños entre nosotras para cuidarlos. Nos tenemos confianza”.

Después de esta necesaria introducción, empezamos el primer taller. Repartimos docenas de pedazos de papel. Cada pedazo es la pieza de un rompecabezas que deben construir juntas. En un segundo, la enramada se convierte en una danza de risas y colores. Con la alegría y energía que las caracteriza, las mujeres sondean las manos de sus compañeras. Se entremezclan, se ponen en cuclillas y montan los dibujos en el suelo. Al terminar, muestran el resultado. Son siete dibujos: un desierto, una niña, un pupitre, una mochila wayuu, un chivo, un jagüey y unas monedas. Usando estas imágenes, deben hacer grupos y narrar una historia. El objetivo del ejercicio consiste en descubrir cuál es el imaginario alrededor de estos conceptos, la imagen mental que construyen con ellos, y generar un diálogo con lo que surja. Pasado un rato, cada grupo relata un cuento. Son todos bastante elementales, narran experiencias cotidianas, pues no están acostumbradas como nosotros a narrativas complejas. Hay bastantes diferencias semánticas entre nuestras narrativas y las suyas. Donde nosotros vemos monedas, ellas ven galletas; donde nosotros vemos una mochila, ellas ven sostenibilidad económica. Ahí está la semilla del diálogo de hoy. “Ustedes nos han enseñado que una mochila es mucho más que eso”. Explican que una sola mochila tiene una capacidad infinita, pues dentro de cada una entra la identidad de la mujer que le ha dado vida. Al hablar de esto, sus ojos de hechiceras brillan. Una de las mujeres, Gladys, nos explica con orgullo que imita lo que veía en los tejidos de su mamá, muchos años atrás, cuando ella era una cría y su madre era su ejemplo.

      

Porque la tejedora wayuu es una artista expresionista. Su arte es memoria e imaginación. Como hijas de la tradición oral, están acostumbradas a crecer rodeadas de recuerdos y fantasía. Desde que el abuelo les contaba mil cuentos a la cálida luz de una hoguera, aprenden a estimular su imaginación, a sospechar un mundo mucho más complejo del que el ojo es capaz de ver. Ya durante su infancia, los wayuu moldean su entorno y transforman el estéril desierto en un patio de recreo. En las piedras del suelo ven graciosas canicas multicolores, en las mustias ramas ven afiladas espadas con las que luchar en combates a vida o muerte, en un carro de la compra ven un bólido imparable con el que igualar la velocidad del viento. Cuando la mujer se hace adulta ha aprendido a combinar todos estos elementos y, como el músico, el poeta o el pintor, expresa con su obra su visión de la vida. Los hilos son el lienzo en blanco en el que pintar sus recuerdos, el altavoz con el que acallar su tímido silencio. La carga simbólica de los tejidos wayuu, en consecuencia, trasciende la dimensión física. Para ellas es una cuestión espiritual y cosmológica. El alma de la mujer tejedora se oculta entre los hilos, escondida, como el murmullo del lejano oleaje que se escucha dentro de una caracola. Al seguir dialogando sobre este tema, sin embargo, me doy cuenta que la realidad de la tejedora no es, ni mucho menos, tan romántica. Es hora, nuevamente, de limpiarse las gafas.

“Esta es nuestra triste realidad. A primera hora tenemos que ir a buscar agua y leña, por los que hacemos largos recorridos. Al llegar  a casa nos toca cocinar el almuerzo. Una vez alimentada la familia, debemos atender a los chivos. Al acabar estamos agotadas, necesitamos descansar. No es hasta entonces que tenemos tiempo para tejer. No es fácil. Los clientes ven el resultado, pero no ven el trabajo que hay detrás”.

Por eso es tan importante la intermediación de FUCAI. En cada mochila hay una inversión física y emocional enormes. Según los cálculos de FUCAI, el beneficio justo para la tejedora debería ser de entre 80.000$ y 90.000$. A eso hay que sumarle la materia prima, los costes de transporte y la comisión de la revisora, por lo que la mochila wayuu que sigue el debido proceso no puede descender de los 130.000$. Lamentablemente, no es nada raro encontrar en las tiendas mochilas por valores cercanos a los 50.000$. Por ese precio, la tejedora se puede llevar 5.000$ en un buen día. ¿Y por qué lo permiten? Su concepción desvirtuada del dinero, el respeto que les impone una persona blanca o, simplemente, el hambre, hace que abaraten drásticamente su trabajo. FUCAI quiere combatir esa lacra a todo coste.

        

Después de unos días regresamos  a Ichien. En la enramada de la ranchería nos recibe una comitiva de unas treinta personas, y no solamente de mujeres. Hombres y niños acuden para descubrir con qué viene FUCAI en esta ocasión. Daniela y Camila, tranquilas y seguras, proponen otra actividad. Una de las mujeres se tumba, no sin un atisbo de duda, sobre una amplia cartulina blanca. Sus compañeras siguen el contorno de su cuerpo con unos rotuladores y, al levantarse, el perfil de su figura parece el escenario de un crímen. Entre todas, y con la ayuda de Ermelinda, nombran las partes del cuerpo en wayuunaiki: suche (oreja), amuru (cuello), shiyonse (cadera), sumocho (ombligo), watuna (brazo), sui (pie), etc. Los significados más abstractos los atribuyen a la cabeza: el pelo representa el encanto de la mujer, los ojos sirven para distinguir lo bueno de lo malo, las orejas para escuchar lo que es importante. El resto del cuerpo tiene una acepción más práctica: con las piernas llegan a los sitios, con la cadera cargan los hijos, con los senos los alimentan. Pero a una parte del cuerpo le destinan una descripción más extensa. Lo importante siempre merece más tiempo.

“Los brazos y las manos son nuestro pilar fundamental. Lo hacen todo, nunca están  quietas. Con las manos cocinamos, lavamos y trabajamos. Con las manos tejemos”.

     

Los wayuu, a pesar de la dimensión espiritual de su cultura, pueden tener una forma muy terrenal de ver las cosas. Dentro de la complejidad que rige sus vidas (escasez de agua y alimentos, conflictos sociales, falta de carreteras por las que desplazarse con fluidez y seguridad) ven la realidad con un limpio pragmatismo. Al contrario que nosotros, no están contaminados por la globalización y la sobreinformación, y su aislamiento les permite percibir los elementos de su entorno, así como sus cuerpos, con una pureza y una simplicidad desarmantes. Camila y Daniela las entienden, y añaden algo.

“Nuestro cuerpo es mucho más que una dimensión física. Gracias a nuestros ojos, manos y piernas, estamos vivas. Es importante querer, respetar y agradecer a nuestro cuerpo”.

Se forma un momento de entendimiento entre mujeres alijuna y wayuu. A pesar de las evidentes diferencias culturales, todas entienden que tienen el mismo cuerpo. Si nos hacéis cosquillas, ¿no nos reímos? Aprovechando este entendimiento, Camila y Daniela proponen otra actividad: hacer una línea de la vida de la mujer wayuu. Los hombres, con la distancia de la timidez, empiezan poco a poco a participar. Entre todos enumeran en su dialecto las etapas de la vida de la mujer: ipout (embarazo), jemeyütsu (parto), joü’ü (bebé), jintuk (niña, 4-10 años), jimok (10-13 años, la etapa del “encierro”), jotojosü’ü (menstruación, cambio), majhyüt (señorita, preparada para ser madre), keirrumayüt (adulta, crea una familia, “ya es libre”) y, por último, lalaipa’a (mujer envejecida).

Entonces, se juntan en amplios grupos para representar, con una pieza teatral, cada una de las etapas. Es divertido ver cómo se organizan. Después de mucho bullicio y griterío, en la que los chicos y los hombres pierden la poca timidez que les quedaba, empieza la dramaturgia. A medida que representan sus escenas, como en el taller de los rompecabezas, los temas importantes empiezan a salir a la luz.

“El marido pega a la mujer, por lo que tiene que ir a hablar con su tío. Para que la mujer vuelva con el hombre, debe pagarle un dinero a su familia y así compensar la ofensa. Si lo hace, la mujer debe volver, pues es su responsabilidad cuidar de los hijos”, explica un grupo.

Al terminar las representaciones, mujeres y hombres, conducidos por Daniela y Camila, dialogan sobre lo que ha surgido en el taller. Empiezan a hablar de embarazos indeseados, de la temida sobrepoblación y del maltrato de género. En cierto momento, un grupo de mujeres de diferentes edades se levanta. A un lado, se colocan las keirrumayüt y las lalaipa’a. Al otro, las majhyüt. Las mayores tienen unas palabras para las más jóvenes.

“No tomen el mismo camino de las que fueron maltratadas. No se queden embarazadas pronto, aún son muy niñas. Protéjanse”.

Keirrumayüt y lalaipa’a miran a las jóvenes a los ojos con un brío especial, con lágrimas contenidas. Les hablan de ser responsables, de estudiar y tomarse su tiempo antes de ser madres. Las mujeres, vulnerables y estoicas, lamentan abiertamente los errores del pasado. Los hombres escuchan. Niños y niñas también. Esto es importante, pues recordemos que en la enramada la palabra es terreno sacro. En cierto momento, algunos de los hombres salen al centro y hacen lo propio con los más jóvenes, reconociendo las sinrazones del maltrato e instándolos a que estudien y aprovechen el tiempo antes de ser padres. Todos, wayuu y alijuna, sabemos que estamos ante algo realmente único. Estas son las semillas del cambio. Ermelinda, más tarde, nos confesará que nunca antes en un taller se había hablado tan abiertamente de estos temas. Son segundos para los que valen las semanas de trabajo, para los que se hacen los círculos de palabra. Se huele electricidad en el ambiente. Esta noche nos recibirá una tormenta sin truenos. El cielo y el mundo se iluminarán cada pocos segundos con la luz de unos relámpagos sin respuesta, como las preguntas retóricas de mi cabeza. Después de todo, ¿somos tan diferentes de los wayuu?

Tras estos días de calores y colores, me he tenido que quitar y lavar las gafas más veces de las que me atrevo a contar. En el fragor del reaprendizaje, los wayuu me han mostrado una vida de contrastes, donde algo destructivo como una tormenta puede traer alegrías, donde algo pequeño como una mochila puede encerrar la eternidad. El pueblo wayuu tiene una cultura ancestral, con una vasta cosmovisión de la realidad que los rodea. Poco a poco, y con mucho esfuerzo, el acceso al agua potable se va convirtiendo en una realidad para más indígenas. Las mujeres tejedoras están aprendiendo a apreciar su potencial, a valorar su arte y a valorar sus cuerpos. FUCAI, ante todo, sueña con el día en que ya no necesiten su intervención. Pero el oído del pueblo wayuu se ha acostumbrado a la profunda palpitación del silencio, y toda esta fortaleza, resiliencia y creatividad, no son inmutables al maltrato de un estado ausente. La Guajira necesita que se le preste la atención que se merece o la arcaica identidad del pueblo wayuu peligra con desaparecer. Si nos pincháis, ¿no sangramos? El pueblo wayuu se ha cansado de sangrar. Es el momento de su re-existencia.

      

Textos y fotos: Jordi Casanova.